(Publicado el 2 de agosto en La Razón)
José Luis Bedregal V.
Los bolivianos no podemos olvidar que en este último período de nuestra democracia no se respetó la decisión del pueblo boliviano cuando, en el referéndum sobre el gas, el pueblo votó por que el destino de las utilidades de estos recursos estén orientados a salud, educación, caminos y generación de empleos, en la perspectiva de que bien invertidos pueden sacarnos de la pobreza, y no así a la creación de bonos que tienen un carácter clientelar, engrosan gasto corriente, no generan empleo y mucho menos desarrollo.
Lo mismo ocurrió con el referéndum sobre autonomías que, en términos legales, únicamente se debía discutir para los departamentos donde ganó el Sí. Sin embargo, no importa lo que el pueblo haya resuelto, el tema de la autonomía ya es discusión nacional y con versiones más peculiares como la “autonomía indígena” y la “autonomía regional”, incluso en departamentos donde el pueblo votó por el No y cuyo efecto debería ser vinculante en la nueva Constitución. Pero a los políticos les importa un comino la voluntad popular.
Con ese mismo criterio ahora no importa que hayamos votado por el presidente, el vicepresidente y los prefectos, porque ante la incapacidad de conducir al pueblo boliviano, la clase política ha visto una salida coyuntural, que no es otra cosa que ganar un poco de tiempo hasta que “algo pase”, porque ellos son incapaces de construir la solución del conflicto; o como un analista dijo: “Lanzan la papa caliente al pueblo”, papa que ellos calentaron y que ahora no pueden pelar… Vaya, ¡qué mala suerte tiene nuestro pueblo!
En medio de esto, hoy cualquier “ilustre” tiene el derecho de hacer interpretaciones antojadizas de las leyes y las atribuciones constitucionales —claro, en caso de que pertenezca al desubicado grupo de personas en Bolivia que todavía cree que las leyes deben cumplirse, así nos incomoden— con lo que el debate ha devenido en la posibilidad de que el referéndum revocatorio quede en medio camino ante las observaciones y denuncias de los últimos días. Sin embargo ya es tarde; pareciera que las cartas están echadas y sólo hace falta ver el resultado… no importa el descrédito de la Corte Nacional Electoral y que las cortes departamentales se hayan sumado o no a la chacota de los prefectos. Aquí lo que menos interesa es la seriedad y menos la legalidad. Así que ahora a comer… que la sopa está servida.
Lo cierto es que después del referéndum el país únicamente observará un leve movimiento en el tablero político, sin mayores efectos en la correlación de fuerzas, más aún porque nadie ganará ni perderá en su totalidad, por lo que desde las trincheras de ambos lados de la pelea las victorias del otro y las derrotas de uno serán duramente desacreditadas e ingeniosamente interpretadas en el afán de mantener la legitimidad que hoy se atribuyen.
La voluntad del pueblo nuevamente quedará ignorada por los políticos de la oposición y el oficialismo. La victoria de cualquiera de las partes no tendrá la contundencia necesaria para dejar clara la “voluntad del soberano” y este chiste de mal gusto nos habrá costado más de 60 millones de bolivianos, con los que se hubiera podido hacer algo por los bolivianos de carne y hueso que deambulan y duermen en nuestras calles absolutamente ignorados por nuestra gran clase política.
No hay comentarios:
Publicar un comentario