miércoles, 8 de octubre de 2008

El país que dejaremos a nuestros hijos.

Publicado por La Razón de La Paz, 29 de septiembre

José Luis Bedregal es especialista en Gestión Pública

Bolivia se ha venido convirtiendo en una sociedad que ha hecho de la violencia una forma de relacionamiento y de “organización” de lo social. Este hecho que a primera vista pareciera generar una preocupación de coyuntura que el común de la ciudadanía espera se solucione a partir del ansiado acuerdo de partes, tiene connotaciones delicadas y preocupantes en el futuro.

El hecho es que la violencia se volvió parte del diario vivir y se ha generalizado en el territorio nacional. En las zonas urbanas la violencia está presente en las calles, en las plazas y todos los hogares a través de los medios masivos de comunicación que en el cumplimiento de su trabajo y el rol que desempeñan, llenan sus espacios informativos y de publicidad con imágenes de la violencia desatada reiterándola cuantas veces les es posible.

El mensaje que recoge la ciudadanía en su conjunto es que en Bolivia impera la ley del más fuerte, es decir del que es capaz de imponer su voluntad e incluso su arbitrariedad más allá de cualquier consideración de orden legal e incluso superando conceptos básicos de convivencia civilizada.

El mensaje es que la ley no existe y si existe esta no tiene porqué ser cumplida. Está demás en este artículo hacer referencia al exabrupto del Señor Presidente respecto a su visión sobre el cumplimientote las leyes, ya este hecho queda en la resignación del anecdotario, aunque en realidad representa lo que una sociedad ha terminado de construir: Una sociedad organizada en torno a la violencia.

Han quedado atrás las recurrentes aseveraciones de nuestro Presidente cuando se reclamaba perteneciente a una “cultura del diálogo” (claro que jamás dijo a qué cultura se refería, pues su origen mas bien proviene de una cultura de pueblos guerreros). Pero como él es sólo un actor más que contribuye a nuestra cultura contemporánea, no se trata de echarle la culpa. Por el contrario se trata de reconocer que nuestra democracia había sido demasiado inmadura y débil como para pensar que avanzábamos a la constitución de una sociedad más evolucionada. Los hechos nos han vuelto a la realidad. Vivíamos en burbujas de modernidad urbana mientra la mayoría de nuestro pueblo ni se enteró que ya teníamos un sistema democrático, pues no se llegó a democratizar derechos básicos; no se llego a democratizar la oportunidades de desarrollo; no se llego a democratizar la esperanza de días mejores para pueblos enteros.

Hoy nuestros niños crecen con el mensaje de que la sociedad se organiza a partir de la voluntad del más fuerte; que no importa el derecho del otro; que no existen normas de convivencia que regulen nuestro comportamiento… Todo esto es muy grave, pues estamos siendo artífices de la construcción de los cimientos de la sociedad de nuestros niños, por lo tanto los efectos perniciosos de la actual confrontación no sólo llegan a nuestra cotidianeidad. No sólo llegan a nuestras perspectivas de progreso en lo económico y social, sino que de una forma determinante estamos construyendo la Bolivia de los próximos cincuenta años… A este paso tan o más violenta que la que hoy vemos por la Televisión. Considero que ha llegado la hora de reflexionar profundamente sobre lo que cada uno de nosotros esta haciendo o puede hacer para evitar esa catástrofe.

Jugando con fuego

Charles Darwin sostuvo que el odio se sustenta en el deseo de venganza y en la defensa de los intereses propios. “Si hemos sido o esperamos ser agredidos por alguien (…) ese alguien nos será desafecto; y el desafecto se convierte fácilmente en odio”, dijo. Odio que surge, según Erich Fromm, como respuesta a la amenaza de los intereses vitales y nos empuja a eliminar a aquel contrincante, enemigo, que dificulta nuestras posibilidades de triunfar y vivir.
El nivel actual de odio y violencia en Bolivia responde a esta realidad humana, pues durante centurias han existido sectores agredidos por otros, que haciendo uso del poder de las armas, el poder económico o el poder político, esclavizaron, explotaron, humillaron y marginaron a pueblos enteros que han acumulado un resentimiento natural propio del ser humano, que sólo una postura maniquea y demagoga podría negar. Hoy esos pueblos y los sectores marginados de nuestro tiempo se revelan organizados en masas politizadas que amenazan los intereses fundamentales de aquellos acostumbrados a un estilo de vida bastante favorecido, a costa de la miseria de bolivianos que apenas subsisten en condiciones propias de la colonia y el período feudal.
Es cierto que estamos viviendo un difícil proceso de cambio, donde lo que se pretende cambiar es justamente la tenencia del poder político, económico y territorial, hecho que ha llevado a Bolivia a su peor crisis existencial después de la Revolución Nacional de 1952, a tal punto de enfrentar a regiones enteras al calor de consignas que esconden los verdaderos intereses en juego.
El nivel de violencia ha sobrepasado todo lo tolerable, dando la señal de que estamos ingresando a otra etapa de la confrontación donde esa violencia es ejercida de manera planificada, aspecto que debe llevarnos a la preocupación, pues ante el agotamiento de los medios pacíficos lo que sigue es la confrontación bélica, tal como lo señalara Von Clausevitz.
Ya no interesa cuan catastrófico era el “empate” en el que nos encontrábamos, hoy lo catastrófico es la ceguera y la ambición desmedida de nuestros líderes políticos, ineptos e indignantemente irresponsables, incapaces de lidiar con los intereses de la CAINCO, que opera a través de sus representantes políticos en las prefecturas, comités cívicos y ahora con una brigada parlamentaria desprendida de PODEMOS.
En medio de todo esto ha surgido el dilema de la necesidad de promulgar una ley que viabilice el referéndum para la nueva Constitución, devolviendo de esta manera protagonismo político al Congreso Nacional que se convierte en el escenario potencial para un nuevo intento de diálogo, el que seguramente es una de las últimas oportunidades para el país y para la clase política de encontrar una solución en paz. Así se generarían condiciones para compatibilizar los proyectos de estatutos autonómicos con el proyecto de Constitución “masista”, como paso previo que permita viabilizar la consulta. El costo de no hacerlo puedo asegurar que será muy alto para el MAS, pero también será alto para el empresariado del país y por ende para los trabajadores y ciudadanos bolivianos que ya no sabemos como exigir un acuerdo por Bolivia y los bolivianos. (José Luis Bedregal – Es especialista en gestión pública)